En el gran año de la IA, un llamado a usarla para el bien común
A comienzos del año (2025) vimos la noticia del documento de la Iglesia sobre la IA, "Antiqua et nova".
La IA, si se usa bien, puede ser parte de nuestra colaboración con Dios para desarrollar la creación. El tema es ¿quién decide qué es "usar bien"? En la exhortación "Laudate Deum" (2023) el Papa ya venía advirtiendo sobre el "paradigma tecnocrático" (Capítulo 2). Es esa idea de que la tecnología y el mercado pueden resolverlo todo, sin límites éticos ni mirar las consecuencias reales.
El documento de la IA también toca ese punto. Habla de la concentración de poder en pocas empresas (64) y cómo eso puede llevar a una manipulación de conciencias y del proceso democrático (53). O sea, la tecnología te vende una solución, pero en el fondo solo beneficia a unos pocos y empobrece a muchos si reemplaza trabajo humano sin un plan justo.
La ley de la verdad
Si nos creemos dioses con la tecnología y pensamos que podemos hacer lo que queramos sin límites, erramos feo. La IA es una herramienta, muy potente, pero solo una herramienta. El problema es cuando dejamos que tome el control de nuestras decisiones más importantes, y terminamos en una tecnocracia donde todo se mide por eficiencia y números, y nos olvidamos del "asombro" y de las preguntas profundas sobre la existencia humana.
"Antiqua et nova" insiste mucho en que la IA no es un sustituto de las relaciones humanas auténticas (58-63). Puede simularlas, pero no son lo mismo. Perder esa distinción es clave. La sabiduría real requiere un encuentro con la realidad, no solo con datos procesados.
La tecnocracia te reduce a un algoritmo. Tu valor pasa a ser lo que producís o consumís. Y eso, para la Iglesia, es perder la dignidad humana, que viene de ser imagen de Dios, no de ser eficientes. La ética y la religión son esos "límites" que nos recuerdan que hay algo más grande que solo lo material y lo medible.
El documento sobre la IA dice que el ser humano solo se reconoce "desde lo alto", desde Dios, que es de donde viene nuestra existencia. O sea, la perspectiva de fe nos da un marco para usar la IA para el bien común, para ayudar en la medicina, la educación o la paz, pero siempre poniendo a la persona en el centro.
No es tirar la IA a la basura, es no dejar que la IA nos tire a nosotros a la basura. Es un llamado a la responsabilidad, a no caer en un racionalismo sin alma. Necesitamos una "conversión ecológica" y también una "conversión tecnológica" que mire la dignidad de cada persona, especialmente la de los más vulnerables.
Los dos documentos nos piden que nos involucremos. No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando que las grandes empresas o los gobiernos decidan todo por nosotros. Hay que meterse en el debate político y social para asegurar que esta tecnología sirva a la humanidad y no al revés.