Descubrirnos igual a todos en las dudas (Adviento 3A)
Desde su prisión en Maqueronte Juan había seguido con angustia y esperanza las actividades de Jesús, su primo, a quien había conocido ya de grande, pero a quien inmediatamente había señalado como el Cordero de Dios. Empero, pasado el tiempo, algo le hizo revolver una y otra vez sus pensamientos, debilitar sus convicciones, vacilar respecto a sus viejas afirmaciones... Juan el Bautizador, el hombre de Dios, el fuerte, el tonante Juan, aquel que había sido columna inconmovible de cantidad de discípulos, en quien tantos se apoyaban y por quien cambiaron de vida, se convirtieron, Juan, el adalid de Dios, el profeta del Ungido, el incorruptible, el conocedor de todas las respuestas, aquel a quien todos consultaban para edificar su propia fe... ahora duda, vacila, es llevado por la tentación del desaliento, por el abatimiento, por la sensación de fracaso...
No es la oscuridad de su calabozo lo que lo abate y desanima. No es la cortedad o infrecuencia de la visita de los amigos, o que piense que se han olvidado de él... Está habituado a la lobreguez de las cuevas del desierto, de las celdas sin lumbre. Está habituado a la soledad del claustro y del yermo. Por otra parte, si bien es cierto que había tenido muchos seguidores, no era hombre que necesitara de amigos, de consuelos sensibles... Ya lo sabemos: cuánto más grande es una persona, más sola se encuentra. Cuánto más capaz de amar, menos respuesta de verdaderos amores y, por lo tanto, de amistad; de ese intercambio que solo se puede dar entre los iguales... Y él no era igual a nadie: -según palabra del mismo Cristo- era ‘el más grande de los hijos de los hombres'...
Y, sin embargo, ahora se descubría a sí mismo igual a todos, en su duda, en su vacilar... Ahora que, aislado en su prisión, no tenía necesidad de mostrarse fuerte y seguro delante de nadie, ahora que sabía que su misión había terminado y que nadie precisaba apoyarse en él, ahora que supuestamente aquel a quien él había bautizado y señalado lo había descargado de su responsabilidad, Juan se permite finalmente ser débil. No tiene por qué continuar siendo el profeta de las denuncias, no tiene por qué levantar sus brazos, enderezar su columna, echar llamas por los ojos, apostrofar, repetir sin flaquear, sin quebrársele la voz, la palabra de Dios... Juan puede ahora taparse la cara con las manos, apoyarse en la fría pared de la prisión y abrir cauce a sus incertidumbres, a sus temores, a sus penas, a sus faltas de fe... Y seguramente, si tuviera a mano el regazo cálido de una madre, de una hermana, de una mujer, apoyarse en su pecho... Quizá llorar... ¡Pobre niño Juan!
Es que él ha anunciado siempre el día de la venganza de Dios, ha indicado con el dedo a aquel que venía a bautizar con espíritu y fuego, ha anunciado el hacha puesta en la raíz del árbol estéril, la siega de la cosecha, el incendio inextinguible de la paja, la desaparición de toda prepotencia, de toda maldad, aventada por la palabra y la espada del Mesías... Una y otra vez llegan a su memoria los textos amenazadores de los viejos profetas. Insistentemente, ha repetido lo que a él mismo le han inspirado sus largas horas de ayuno y oración...
Y la realidad de la cual oye hablar no encaja para nada con este su mensaje. Los rumores de ese primo rodeado de miserables, de impuros, de gente de cuarta, de pobretones, de multitudes harapientas, de enfermos... no coincide con ese ejército de elegidos que él había previsto para su Mesías. Y eso ¡vaya y pase! Porque Dios era capaz de sacar fuerzas de la debilidad, y transformar con una sola palabra a pobres en ricos, a enfermos en sanos, a piedras en hijos de Abrahán... Pero lo que le cuentan de publicanos y pecadores, de mujeres de mala vida, de comidas en sus casas -¡y aun de abundante vino!-; lo que se rumorea de alguno de sus seguidores, como el Iscariote, la Magdalena; su trato con paganos, su oferta de perdón a todo el mundo... Eso no encaja en sus esquemas. Somos tan tontos que rápidamente encontramos razones para convencernos de que lo que anuncian nuestros miedos o nuestra sensibilidad o nuestros desalientos es verdad. ¡Noches oscuras de los sentidos que siempre llegan justificadas por las noches oscuras del espíritu!
Y Juan no puede más. Tiene que hablar, no puede vivir de la pura fe, exige explicación, pide a Dios un signo, requiere una palabra. Y, en cuanto lo rescata del olvido una visita piadosa de algún discípulo fiel, él, Juan, el inconmovible, el entero, el de una pieza, se derrumba y dice lo que no quería decir, manda preguntar sobre la duda que nunca hubiera querido expresar: "¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”
¡Pobre Juan! ¡Pobre hijito de Zacarías y de Isabel! ¡Pobre, tan, tan, hermano nuestro! ¡Pobres los dos discípulos que sorprendidos y apenados por el quebrarse de su maestro han tenido que alcanzar su mensaje a Jesús!
¡Y qué vergüenza, Juan, escuchar la respuesta que, cabizbajos, han tenido la caridad de traerte tus dos seguidores! ¿Cómo no va a recordar él, que se sabe la escritura de memoria, los pasajes que afectuosamente le indica el Señor? ¡Los oráculos de Isaías!: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen... La buena nueva es anunciada a los pobres.
¡Oh Señor!, ¡qué soberbio he sido! He leído solo lo que he querido leer; he escuchado solo lo que quería escuchar... De tus palabras, de tu evangelio, de tus mandamientos me he quedado solo con los que me convenían. De tu doctrina, solo con lo que me convencía, con lo que estaba de acuerdo con lo que yo pensaba... He sido un cristiano a mi medida: como yo lo imaginaba o deseaba, no como Dios me lo mostraba ni como la Iglesia me lo enseñaba...
¡Pero es claro que así tenía que ser! ¿Cómo he podido dudar? Si con solo que lo hubiera querido ver -¡si mi orgullo, o mi debilidad no me hubieran hecho perder de vista la integridad de la palabra de Dios, de la enseñanza evangélica...!- todo hubiera estado claro a mi vista. Y, en la mente de Juan, ahora parecen iluminarse con nuevo fulgor esas frases que él ha omitido, que -a lo mejor sin ser consciente de ello- nunca ha querido leer, ha dejado a un costado, han sido, en larvado rechazo, oscuras o aburridas a su lectura... Todo adquiere, en la mente transformada de Juan, nueva coherencia.
Pero una vez idos -quizá echados por él mismo- sus dos discípulos, algo le queda clavado con enorme pena en su corazón: el fraterno final reproche de Jesús “¡Feliz aquel para quien yo no seré ocasión de escándalo!” Y Juan se ensimisma en su dolor. Pero ahora dolor limpio, purificador, lágrimas de arrepentimiento viril, de reencuentro consigo mismo y con su pequeñez y, a la vez, con su misión. “No Señor, ya no me escandalizaré de tus palabras, de tus amigos, de tus pobres seguidores y de los tibios y los mediocres que traicionan tu mensaje; ya no me quejaré de que no me vengas a rescatar, de que no me saques de mi cárcel, de mi desdicha, de mi humano fracasar; ya no te pediré que me ayudes en cosas que no tienen importancia, que no son conducentes a tu triunfo final; ya no tendré miedo a la cruz -ni a las de mi carne, ni a las de mi mente, ni a las de mi corazón-; ya no me escandalizaré nunca más de ti, Señor”
Fuente:catecismo.com.ar